La mitad de las chicas, osea tres, nos llamamos Rocío. No sé si eso es significativo o no, pero sea como sea, facilita la tarea a mi nula capacidad de memorizar nombres. El profesor se llama Luis, así que contándome a mí, ya me sé cuatro.
Hay otro hombre, que solo sé que no se llama Luis (ni Rocío) pero que se parece mucho a Andrés Pajares. Ronda la cuarentena, es muy moreno, lleva el pelo engominado y tiene unos dientes muy blancos. Sospechosamente blancos, diría yo. Incluso más azulados que blancos.
Le gusta mucho interrumpir, y es propenso a las gracias sin gracia. Yo creo que él sí que se la ve, así que las suelta y luego nos deslumbra a todos con sus dientes refulgentes. Después se los relame. Se le quedarán secos, supongo. O a lo mejor se relame de gusto, no sé.
El primer día de clase, a los cinco minutos yo ya le odiaba. Pero oye, intensamente, que incluso me asusté un poco de mí misma.
No es que crea yo mucho en el odio a primera vista, pero a veces me ha pasado.
No me preocupo, sé que eso igual que viene se va.
Pero a veces no.
En fin, queda un mes de curso.
Que se ande con ojo.
2 comentarios:
pues sabes que?
me encanta...
espero que no lo dejes
que no te canses de escribir
que no hagas como yo..jeje..
un besazo
Pues mira, sabiendo lo poco constante que soy, lo más probable es que esto dure un telediario..
Ya veremos.
¡De todas formas gracias por los ánimos!
Mmuaks
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